martes, 16 de octubre de 2007
Un procesado por las fotos
Se trata de un sujeto de 50 años, de iniciales A.F.T., que fue en algún momento pareja de la damnificada por la cadena.
Se le tipificó “injuria especialmente agravada en concurrencia fuera de la reiteración, con un delito de violación de correspondencia".
lunes, 15 de octubre de 2007
En la nuca
No entiendo por qué no mantienen el mismo criterio cuando se les presenta la oportunidad de amplificar las revelaciones de Zabalza sobre hechos y actitudes tupamaras no conocidas públicamente hasta ahora. Ventilar, revolver y agitar ese pasado reciente parece no ser, sólo en estos casos, propio de los que viven con los ojos en la nuca.
Se me hace que el discurso parte desde un sentimiento de posible culpa, de posible complicidad o, tal vez, solamente por reconocer una actitud negligente de aquel tiempo, que en ocasiones es la peor de las complicidades. Es más: en oportunidades me llega a parecer que en cierto grado se trata de un apoyo mudo, pues ni siquiera tienen huevos suficientes para decir: "me pareció bien".
Claro, lo mismo para el otro lado. Cuando se trata de revisar, hay que dejar que te vean la mochila y que sobre ello se pueda debatir. De lo contrario estamos en las mismas que cuando hablamos de "libertad de expresión" como de "la libertad de poder decir lo que se me antoja (yo o quienes coincidan conmigo)".
sábado, 13 de octubre de 2007
sábado, 6 de octubre de 2007
viernes, 5 de octubre de 2007
lunes, 1 de octubre de 2007
Esto lo estoy tocando mañana*
Lo dijo Leonardo Haberkorn en PlanB. A mí me llevó tres entregas de columna en Florida On Line intentar decirlo, metiéndome hasta con la transversalización de las relaciones de poder de la que hablaba Foucault, y pienso que no llegué a redondear la idea. Haberkorn lo deja explícito con bastante menos dificultad (está claro), y en unas sesenta palabras. El artículo se puede leer en las páginas del matutino o yendo a http://cursosparalelos.blogspot.com/.
Convencido de que estamos hablando, desde otras estructuras y concepciones, de lo mismo o en su defecto de algo bastante parecido, voy a la búsqueda -para compartirlos- de estos párrafos de Gabo que leí hace ya bastante tiempo.
Son 'palabras pronunciadas ante la 52a. asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa SIP, en Los Angeles, U.S.A., octubre 7 de 1996', tal como detalla la página de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, que es de donde las levanto.
A una universidad colombiana se le preguntó cuales son las pruebas de aptitud y vocación que se hacen a quienes desean estudiar periodismo y la respuesta fue terminante: "Los periodistas no son artistas". Estas reflexiones, por el contrario, se fundan precisamente en la certidumbre de que el periodismo escrito es un género literario.
Hace unos cincuenta años no estaban de moda las escuelas de periodismo. Se aprendía en las salas de redacción, en los talleres de imprenta, en el cafetín de enfrente, en las parrandas de los viernes. Todo el periódico era una fábrica que formaba e informaba sin equívocos, y generaba opinión dentro de un ambiente de participación que mantenía la moral en su puesto. Pues los periodistas andábamos siempre juntos, hacíamos vida común, y éramos tan fanáticos del oficio que no hablábamos de nada distinto que del oficio mismo. El trabajo llevaba consigo una amistad de grupo que inclusive dejaba poco margen para la vida privada. No existían las juntas de redacción institucionales, pero a las cinco de la tarde, sin convocatoria oficial, todo el personal de planta hacía una pausa de respiro en las tensiones del día y confluía a tomar el café en cualquier lugar de la redacción. Era una tertulia abierta donde se discutían en caliente los temas de cada sección y se le daban los toques finales a la edición de mañana. Los que no aprendían en aquellas cátedras ambulatorias y apasionadas de veinticuatro horas diarias, o los que se aburrían de tanto hablar de lo mismo, era porque querían o creían ser periodistas, pero en realidad no lo eran. El periódico cabía entonces en tres grandes secciones: noticias, crónicas y reportajes, y notas editoriales. La sección más delicada y de gran prestigio era la editorial. El cargo más desvalido era el de reportero, que tenía al mismo tiempo la connotación de aprendiz y cargaladrillos. El tiempo y el mismo oficio han demostrado que el sistema nervioso del periodismo circula en realidad en sentido contrario. Doy fe: a los diecinueve años -siendo el peor estudiante de derecho- empecé mi carrera como redactor de notas editoriales y fui subiendo poco a poco y con mucho trabajo por las escaleras de las diferentes secciones, hasta el máximo nivel de reportero raso. La misma práctica del oficio imponía la necesidad de formarse una base cultural, y el mismo ambiente de trabajo se encargaba de fomentarla. La lectura era una adicción laboral. Los autodidactas suelen ser ávidos y rápidos, y los de aquellos tiempos lo fuimos de sobra para seguir abriéndole paso en la vida al mejor oficio del mundo - como nosotros mismos lo llamábamos.
Alberto Lleras Camargo, que fue periodista siempre y dos veces presidente de Colombia, no era ni siquiera bachiller. La creación posterior de las escuelas de periodismo fue una reacción escolástica contra el hecho cumplido de que el oficio carecía de respaldo académico. Ahora ya no son sólo para la prensa escrita sino para todos los medios inventados y por inventar. Pero en su expansión se llevaron de calle hasta el nombre humilde que tuvo el oficio desde sus orígenes en el siglo XV, y ahora no se llama periodismo sino Ciencias de la Comunicación o Comunicación Social. El resultado, en general, no es alentador.
Los muchachos que salen ilusionados de las academias, con la vida por delante, parecen desvinculados de la realidad y de sus problemas vitales, y prima un afán
de protagonismo sobre la vocación y las aptitudes congénitas. Y en especial sobre las dos condiciones más importantes: la creatividad y la práctica.ALGUNAS SELECCIONES
"Los que no aprendían en aquellas cátedras ambulatorias y apasionadas de veinticuatro horas diarias, o los que se aburrían de tanto hablar de lo mismo, era porque querían o creían ser periodistas, pero en realidad no lo eran".
"La misma práctica del oficio imponía la necesidad de formarse una base cultural, y el mismo ambiente de trabajo se encargaba de fomentarla. La lectura era una adicción laboral. Los autodidactas suelen ser ávidos y rápidos..."
(*) Parlamento de Johnny en 'El Perseguidor', de Cortázar
¿Antel premia el hacé la tuya?
Una funcionaria que en todo caso tendría razones políticas para no hacer más que lo indispensable cuando he estado del otro lado del mostrador, me ha atendido en más de una oportunidad de tal modo que he llegado a pensar que Antel bien podría ser su negocio particular, pues responde hasta la más insistentes de las preguntas y detalla cuantas veces haga falta las caracterísiticas de un producto, dando la sensación que sufre la pérdida de cada cliente y se beneficia con el arribo de uno nuevo. Quizás por ahí va el asunto: ve a 'clientes' y no a 'usuarios'.
Tal vez mal educado por esta funcionaria, como por otras y otros notoriamente competentes y pacientes que me han tenido que soportar preguntando y dudando sobre lo que voy a hacer, llegué hoy sobre las 16:40 a realizar una consulta puntual. Retiré el número y me senté a esperar, al lado de alguien un poco más joven que yo. Cuando estábamos cerca de las 17, alguien de la casa entró y retiró un número para internarse en las oficinas, intercambiando saludos con los que, me di cuenta, eran sus compañeros de trabajo. Recién ahí el que estaba a mi lado cayó en la cuenta de que era necesario disponer de uno de esos tiques seriados para ser atendido. Fue y sacó uno del rollo, es claro que uno posterior al del funcionario, que a su vez tenía uno posterior al mío. Pensé lo que, se me ocurre, cualquier ser humano tendría que pensar ante una situación similar: el pibe está antes que yo, así que, pese a no haber sacado número, merece ser atendido antes. Le di mi 66, me lo agradeció, y me quedé con el suyo, el 68. El 67 era el del funcionario.
Llegó el turno de la que había sido mi cifra. El pibe fue, evacuó sus dudas y siguió de largo.
Cuando terminó ya me vi venir lo que pasaría, me dijeron que habían terminado con la atención (porque claro, el número del funcionario, el 67, fue sacado sobre las 17, y todo posterior no corría). Le expliqué lo ocurrido y de mi acto de sensatez (tan mínimo que ni clasifica para ser considerado 'solidario')... pero le importó poco tanto el hecho como haber estado esperando desde las 16:40, hacía ya más de media hora.. La funcionaria que tuve en desgracia me dijo que si era una consulta me la evacuaba, pero que no iba a hacer ningún trámite. Su mensaje era una suerte de "mirá que te estoy haciendo un favor"; todo lo contrario al que transmiten sus compañeros, y en especial la que tiene motivos políticos para no darme más que las respuestas indispensables pero sin embargo piensa en 'clientes' y no en 'usuarios'.
Cuando iba por la mitad de mi consulta la que me estaba haciendo el favor me tiró una respuesta, se paró y se fue a otro escritorio de la oficina, para realizar otros trámites. Le pedí que me diera su nombre y me fui, caliente como es lógico pensar. Salí cavilando acerca de si son situaciones así las que convocan al 'hacé la tuya'. En este caso: si el pibe se olvidó del número, que se joda.
Por lo que he dicho en estos párrafos (por los 'buenos funcionarios') sigo convencido que el Estado puede perfectamente 'competir' en calidad de atención con empresas privadas, pero lamentablemente siempre hay ejemplos como la que hoy me tocó en desgracia para que los afanes privatizadores se alimenten, aún de intrascendentes porquerías como las que cuento.


